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Senegal

Los mosquitos le escarificaron el cuerpo, convirtiéndolo en un mapa vivo plagado de depresiones y cordilleras. Sin embargo, no pudieron borrarle la canción de Fatou del corazón.

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#BookLoversDay

La perdí en algún punto entre la isla del tesoro y la Tierra Media. Juraría que se me zafó entre las flores del jardín de Manderley. O quizás en el regazo de Gloria Fuertes.

Ramero

Los ojos se le achicaron, hasta quedarse del tamaño de las diminutas perlitas que adornan las sortijas de los gnomos. Para compensar, el cielo de la boca se elevó y envalentonado, quiso dar cabida a todas las cervezas de Agaete.

Lata

No me abandona

esa vocación de convertirme en lunar que te señale el centro del alma.

Ye

“Tú, desnuda, ganas mucho”, sentenció, pensativo, mirándome a través de su gintonic. Viré la cara para no espetarle que intentaba olvidar, desde que teníamos cinco años, cómo nuestras madres nos dejaban bañarnos en cueros en la misma piscina de plástico.

El misterio crece

De la ventana de la cocina desaparecieron los claveles. Astrosos, polvorientos, supervivientes de mil sequías por despiste, de obras, de negligencias varias. No se desparramaban al fondo del patio interior, ni se dejaron despeñar al interior de la cocina. También se esfumaron para siempre la babosa fantasma y las cintas de baba plateada que se anudaban en la base de la albahaca.

La go de Yop

Cuando despertó, la oscuridad la envolvía, mansa, como un sudario que se le ajustara a la figura.

Empezaba apenas a preguntarse dónde estaba y la quietud sofocante se rompió,  al arrancar un coupé decalé atronador que se le coló dentro, desdibujándole las carnes y desguazándole los huesos.

Gritó. Con un chirrido córvido, más graznido animal que voz humana. Sus manos flacas, casi traslúcidas, se hicieron puño y batieron la negritud a ciegas. Se trasmutaron casi en pulpa contra las paredes que la encajonaban, a modo de útero materno plastificado.

Transcurrió una eternidad hasta que se detuvo el ensordecedor griterío de DJ Arafat.

No lo sintió, entumecida, insensible desde las puntas de las quebradizas canas al último pliegue de sus pies arrugados, encogido todo dentro de la burbuja de su sordera.

Llegaron golpes de fuera. Y gritos. La luz la fulminó, desgarrando las tinieblas como un latigazo que le quemó las retinas. Cerró los ojos, cubriéndolos con lo que quedaba de sus dedos, y notó manos que la levantaban en vilo, un aire nuevo, movimientos a su alrededor. Todavía sorda, se encogió, aprensiva, sin valor para mirar a la cara de la mañana.

Aquellos despertares estaban acabando con su cordura. Ayer, en la rugosidad de uralita de un techo. Hacía apenas dos días, en equilibrio precario sobre los cables del tendido eléctrico.

Los técnicos de sonido observaban, maravillados, a la viejita diminuta y reptilesca cuya foto llevaba toda la semana apareciendo en las portadas de los periódicos locales. Mañana lo haría de nuevo. Esta vez, sobre una nota anunciando que la habían rescatado del interior de un bafle, en la fiesta de cumpleaños de la hija del gobernador de Yopougon.

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